jueves, 25 de agosto de 2011

¡¡¡FIESTAAAA!!!

¡¡QUE EMPIECE LA FIESTA!! – gritaba la anfitriona por un megáfono en su amplio salón mientras decenas de jóvenes seguían llegando. Iban examinando el terreno a la vez que intentaban abrirse paso entre la multitud, buscando un espacio agradable donde empezar la velada. Amigos, enemigos, conocidos, y desconocidos, todos. Encuentros y desencuentros. Saludos cercanos, otros desde lejos, búsqueda y evitación de miradas, malas caras, indiferencias… Sólo dos cosas unían a todos ellos: aquella fiesta y ¿las ganas de pasarlo bien?

Era verano. Las ropas ligeras daban al ambiente una sensualidad fresca, a pesar del calor. La música fue subiendo de volumen, mientras alternaba diversos géneros con el fin de contentar a todos los invitados. Los cubatas se vaciaban a una velocidad directamente proporcional al volumen de la música. Más volumen, menos hablaban, más bebían. Cada vez eran más los que se unían a bailes desenfrenados, unos fruto de alegría o contagio de ella, otros por alcohol, y la mayoría por un poco de todo. El ajetreado movimiento dejaba sin huecos libres el humeado lugar, por lo que la temperatura de los cuerpos aumentaba de forma considerable, buscando irremediablemente más bebida fresca que les aliviara ese calor. El ambiente desinhibido, junto al inevitable roce corporal, dio paso a mayores recortes de distancias, muchos de los cuales acabaron fundiendo atracciones en encuentros. Estas uniones saciaban los impulsos de los implicados, a pesar de que no todos se librarían de sufrir consecuencias negativas posteriores. La mayoría de los que no buscaban ni encontraban el aire que les faltaba en bocas ajenas fueron empujados hacia el jardín, donde la recuperación de oxígeno iría acompañada de un refrescante baño en la piscina.

La noche transcurría, entre copas, risas, bailes, cantos, baños… Sí, lo estarían pasando bien. Pero el desmadre aumentaba. El descontrol se iba adueñando de la fiesta, a la cual también había sido invitado. Enemigos amigados por la euforia, amigos que se enemistaban, desconocidos que parecía que se conocían de toda la vida, y conocidos que no se dirigían palabra. Rencores contenidos fueron aflorando, dando lugar a amenazas y peleas, ante las cuales nadie se achicaba. Nuevas tiranteces iban surgiendo, ante conductas vacilantes o no respetadas por algunos. Otras drogas más fuertes también encontraban su hueco en la noche, produciendo un cóctel explosivo en algunos de los jóvenes presentes. Incluso apuestas por conseguir cosas estúpidas y arriesgadas fueron plato de entretenimiento, ¿alguien da más? ¡¡Bulla dentro!!, todos corriendo allí. ¡¡Bulla en el jardín!!, todos para fuera. El espectáculo estaba servido, ¿quiénes? ¿por qué? ¡Cogedlos! ¡No, dejadlos a ver si se matan! Mientras, una chica lloraba en silencio en una habitación, en la cual un chico ebrio la retenía forzada. Nadie la escuchó, ni siquiera se percataron de su ausencia...

Aquella fiesta dio mucho de qué hablar durante semanas, e incluso meses, en el instituto en el que estudiaban la mayoría de los asistentes. “Afortunadamente” no hubo que lamentar ninguna muerte. Balance de la noche: tres duras peleas, una pierna rota, dos comas etílicos y una violación. Por otro lado, muchos afirmaron haberlo pasado estupendamente. Pero, ¿dónde está el límite entre pasarlo verdaderamente bien y sufrir situaciones de riesgo?, ¿hasta qué punto la pérdida excesiva de control vale la pena?, ¿qué satisfacción produce no acordarse de nada al día siguiente? (exceptuando las pelis de Resacón… ;p). Es posible que la historia os suene un poco exagerada, pero todos sabéis que estas cosas pasan. ¡¡¡Divertíos mucho!!!

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