LAS ROSAS
La sangre brotaba despacio de su
dedo, deslizándose suavemente por él a la vez que una humilde lágrima lo hacía
por su mejilla. Parecía que competían lentamente, por llegar a ninguna parte.
En ese momento dirigió la mano hacia su rostro y secó la fría lágrima con su
índice, apagando su sangre cálida en ella. La carrera había terminado.
Se había pinchado con una de las
rosas frescas que había colocado en un esbelto jarrón, con la más despistada,
con la más remolona, la que se escondía entre todas las demás, con esa. Tiró el
ramo al suelo y lo pisoteó, creando un mar de pétalos rojos en el centro del
salón. Se tumbó entre ellos y los olfateó, inspirando un suave aroma que le
recordaba a la tierra mojada. Y allí se durmió, quedando sus sueños enredados
con los tallos espinosos.
A la mañana siguiente, todo había
desaparecido. No había rosas, ni espinas, ni sangre, ni lágrimas. Se levantó del
suelo y corrió hacia la ventana. Un espléndido sol la deslumbraba. El viento,
inquieto, la ayudó a abrir la ventana en cuanto giró la manilla, deseoso de
colarse en la casa. Se asomó curiosa y las vio. Allí estaban las rosas, entre
lirios, amapolas y narcisos. Todas las flores coloreaban el manto verde
luciendo sus mejores trajes, sin orden, sin miedo, entregándose libres al bello
paisaje, su hogar. Después de observarlas unos segundos cerró la ventana,
preguntándose por qué habría dormido en el suelo. Miró confundida el jarrón del
salón, volcado sobre la mesa, y al colocarlo bien notó un leve dolor en uno de
sus dedos. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Quedó paralizada unos
instantes, hasta que un aroma a rosas frescas le inyectó unas ganas inmensas de
correr por el campo. Se dio una ducha rápida y salió entusiasmada a perderse
entre las flores.
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