jueves, 25 de julio de 2013

LAS ROSAS

La sangre brotaba despacio de su dedo, deslizándose suavemente por él a la vez que una humilde lágrima lo hacía por su mejilla. Parecía que competían lentamente, por llegar a ninguna parte. En ese momento dirigió la mano hacia su rostro y secó la fría lágrima con su índice, apagando su sangre cálida en ella. La carrera había terminado.

Se había pinchado con una de las rosas frescas que había colocado en un esbelto jarrón, con la más despistada, con la más remolona, la que se escondía entre todas las demás, con esa. Tiró el ramo al suelo y lo pisoteó, creando un mar de pétalos rojos en el centro del salón. Se tumbó entre ellos y los olfateó, inspirando un suave aroma que le recordaba a la tierra mojada. Y allí se durmió, quedando sus sueños enredados con los tallos espinosos.

A la mañana siguiente, todo había desaparecido. No había rosas, ni espinas, ni sangre, ni lágrimas. Se levantó del suelo y corrió hacia la ventana. Un espléndido sol la deslumbraba. El viento, inquieto, la ayudó a abrir la ventana en cuanto giró la manilla, deseoso de colarse en la casa. Se asomó curiosa y las vio. Allí estaban las rosas, entre lirios, amapolas y narcisos. Todas las flores coloreaban el manto verde luciendo sus mejores trajes, sin orden, sin miedo, entregándose libres al bello paisaje, su hogar. Después de observarlas unos segundos cerró la ventana, preguntándose por qué habría dormido en el suelo. Miró confundida el jarrón del salón, volcado sobre la mesa, y al colocarlo bien notó un leve dolor en uno de sus dedos. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Quedó paralizada unos instantes, hasta que un aroma a rosas frescas le inyectó unas ganas inmensas de correr por el campo. Se dio una ducha rápida y salió entusiasmada a perderse entre las flores.

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