lunes, 20 de junio de 2011

DESOLACIÓN

Les oigo discutir, como habitualmente. Voces conocidas que poco a poco se elevan, insultos que van ganando grosería, portazos y golpes que empañan el ambiente de intranquilos y fugaces silencios... Desde la primera palabra fuera de tono pierdo mi concentración y empiezo a preocuparme, no me gustan esas palabras que no puedo evitar escuchar... La niña empieza a llorar, desconsolada, pero nunca logra detener la situación. Mi mirada se pierde en el infinito, sobresaltándome cada grito, y al cabo de dos largos minutos consigo levantarme de la silla. Me dirijo despacio hacia la puerta de la calle, la abro y salgo al rellano. Me paro frente a su puerta, pongo el dedo sobre el timbre, y me paralizo. Los gritos han perdido intensidad, el llanto también, y yo no soy nadie para meterme donde no me llaman... Doy media vuelta y vuelvo a mi casa, cerrando la puerta lentamente, con rabia contenida.

A la mañana siguiente salgo a la calle para ir al trabajo. Ella vuelve de dejar a su hija en el colegio. Durante el trayecto que nos separa hasta cruzarnos voy buscando su mirada para saludarla. No quita la vista del suelo, pero sé que me ha visto. Sólo a un metro de distancia levanta tímidamente la mirada y me dice “hola”, esbozando una ligera y tenue sonrisa. Le devuelvo el saludo, pero ya la he perdido de vista. Me giro, ha acelerado el paso. Siento angustia en el estómago y me detengo un segundo. Nunca la había visto tan pálida, se avergüenza, evita relacionarse… y sumida en oscuros pensamientos logro proseguir mi camino.

Al día siguiente vuelvo a mi casa a media tarde. Subiendo las escaleras escucho gritos. Otra vez. Cierro los ojos y exhalo un largo suspiro. La niña llora. La situación se está volviendo insostenible. No puedo aguantar más, tengo que hacer algo. Entro a mi casa rápidamente y cojo el teléfono, llamo al 112. De pronto se oye un grito desgarrador, y un escalofrío recorre todo mi cuerpo, estremeciéndome. Un sudor frío empieza a apoderarse de mis manos, y dejo caer el teléfono. En ese momento el timbre de mi puerta empieza a sonar repetidamente, convirtiéndose casi en un sonido uniforme. Con la misma rapidez corro a abrirla, y la niña, de tan sólo siete años, se abalanza a mis brazos pidiéndome ayuda, angustiada, temblando de pánico...

Algo horroroso ha pasado. Quizás se podía haber evitado. Ya no se puede hacer nada en este caso, pero no debemos subestimar ninguna situación inquietante. Actuar a tiempo puede salvar vidas.

4 comentarios:

  1. Los pelos de punta... Tema serio, y triste, que por desgracia se repite demasiado a menudo. Culturalmente se ha tenido como algo que debía ser privado e incluso vergonzoso, pero no es así, y se necesita mucha EDUCACIÓN en este tema.
    Una profesora mayor que tuve, cuando nos comportábamos como salvajes, recuerdo que insistía mucho: "... primero hemos de aprender a ser personas, comportarnos como tales y respetarnos, luego ya aprenderemos lecciones de historia...". RESPETO, en el momento que este se pierde, sale la vena animal y dejamos de ser personas.

    Narrativamente hablando, desde mi punto de vista, buen título (te prepara el estado de ánimo), historia "increcendo" en tensión con desenlace y moraleja final. Buen relato!.

    ResponderEliminar
  2. La verdad, es muy bueno, espero k no nos tngamos k ver nadie en esa situación ;p

    ResponderEliminar
  3. Gracias por los comentarios!! Es cierto que la educación tiene un papel muy importante en este asunto, y todavía queda mucho por avanzar. Desgraciadamente, a menudo escuchamos tristes noticias sobre este tema, por eso he querido reservarle un hueco en mi blog.

    ResponderEliminar