Cada tarde sale de su piso, dispuesto a hacerlo. Coge el coche y se dirige lentamente al lugar de siempre. Ha hecho tantas veces ese trayecto que el volante gira mecánicamente, sin ni siquiera plantearse que pudiera haber un cambio de ruta. No ve nada a su alrededor que no sea su triste destino. Llega a la playa, aparca, y camina por la arena. Desde que su mujer lo dejó por otro vuelve todos los días al lugar donde la conoció, pensando que allí comenzó su vida, y que allí tiene que acabar. Recuerda su cara sonriente apoyada en aquella fea colchoneta verde pistacho, a la que se agarraba fuerte, y cerraba los ojos esperando a que cada ola le sobrepasara la cabeza. A él le hizo tanta gracia que se acercó a estirarle del pelo y se fue corriendo. Ella le persiguió hecha una furia hasta que pudo alcanzarle y casi le hizo tragarse la arena. Malditos recuerdos que le golpean la cabeza cada día, como un martillo del que no tiene el poder de controlar. Ha cambiado de casa, de ciudad, de amigos, pero es inútil. Nada tiene sentido sin ella y cree que nada podrá llenar su vacío. Y cada día vuelve a esa playa, con la esperanza de que algún día ella esté allí, echándole de menos. Está convencido de que sól
o allí encontrará su vida, o encontrará su muerte. El cúmulo diario de frustración y desesperanza respecto a la primera opción guía sus pasos hacia el acantilado. Poco a poco se acerca, un paso más que el día anterior. Ha llegado al borde, y mira sin ver las furiosas olas que golpean las rocas. Siente angustia, pero sabe que es pasajera, porque una vez haya saltado acabará su sufrimiento. Teme más al dolor eterno que al miedo repentino que se empieza a apoderar de él y que está haciendo temblar sus piernas. Y ensimismado en cuantificar qué tipo de dolor será más fuerte escucha a un niño, que llora desconsolado. Tras él, una mujer le sigue intentando hacerle entrar en razón. El niño se percata de la presencia del hombre y sin pensárselo dos veces coge a su madre de la mano y la arrastra hacia él. Él, al darse cuenta, retrocede del borde hasta evitar acercar a los extraños a una zona de peligro.
- Señor, dígale a mi madre que me deje bañarme por favor, que no voy a constiparme ni me va a pasar nada si me baño solo… ¡Papá sí que me dejaba pero las madres son un rollo!
- Discúlpenos, es que mi hijo es muy cabezota, y cuando se le mete algo en la cabeza…
- No, no se preocupe. - A ver chaval, tienes que entender que tu madre se preocupa y quiere lo mejor para ti, aunque también es cierto que a estas horas de la tarde el agua está muy buena… - le dice al niño mientras lanza a la madre una mirada picarona a la cual ella responde frunciendo el ceño.
- ¿Ves mamá? ¿Y si este señor se baña conmigo? Tú no te quieres bañar, pero si él se baña conmigo ya no me baño solo y entonces me dejas, ¿a que sí? porfi porfi porfi.
- Ya está bien, ¡vámonos! Te crees que todo el mundo va a estar dispuesto a hacer lo que a ti te apetezca… - coge al niño del brazo y se despide, disculpándose de nuevo.
- La verdad… es que ahora no tenía pensado hacer nada interesante, y me vendría muy bien darme un chapuzón, siempre y cuando usted esté de acuerdo.
La madre se gira con cara perpleja mientras el niño corre a coger de la mano a aquel hombre, saltando de alegría. Abatida por la insistencia de su hijo y vacía de argumentos en contra, asiente con la cabeza. Y entre presentaciones, comentarios y risas, los tres se dirigen hacia la playa, y comparten aquella tarde, como lo harían infinidad de tardes siguientes, desde aquel día en que él se encontró al borde del abismo, y al cual nunca más se volvió a acercar.
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