viernes, 11 de noviembre de 2011

¿COLORÍN COLORADO...?

Érase una vez, en un lugar cuyo nombre desconozco, una mujer se dedicaba a escribir cuentos. Vivía en una casita en la montaña, rodeada de algunas pedanías. Sus cuentos llegaban a los habitantes de los pueblos cercanos, y se transmitían sobre todo de boca en boca. Los niños eran los que más disfrutaban las historias y fábulas que inventaba la escritora, y cada nueva creación era acogida entre ellos como una nueva posibilidad de dejar volar su imaginación y transportarse a lugares increíbles. En todos los colegios había designado un encargado para ir todas las semanas a la casa de la montaña para preguntar si había algún cuento nuevo.

Un día, la mujer de la montaña empezó a escribir cuentos sin final. Las historias tenían la misma calidad, pero sin desenlace. Esta novedad sorprendió mucho a los pobladores. Unos se desconcertaban, pues después de escuchar o leer los cuentos se quedaban con las ganas y la intriga de saber cómo acabarían. Otros criticaban a la autora, acusándola de que ya no le quedaban ideas originales y había decidido fastidiarles y reírse ellos. Sin embargo, en los colegios, la llegada de los cuentos sin final fue recibida de una forma muy distinta. Cuando los niños escuchaban los cuentos, inmediatamente se ponían a especular y a inventar diferentes finales. Cada niño aportaba una idea distinta, un final distinto. Final feliz, final triste, final ambiguo. Incluso había veces en las que un niño inventaba un final, y otro continuaba la historia, a la que un tercero añadía cosas. De esta forma, la incontrolable creatividad de los niños hacía, además de que los cuentos pudieran tener finales muy diversos, que algunos no acabaran, ya que daban tanto juego que ningún niño se atrevía a finalizarlos.

Una maestra, muy contenta por la revolución que había ocasionado esta técnica en su clase, y las ventajas que aportaba a sus alumnos, decidió acercarse a ver a la mujer de la casa de la montaña. Le habló del contraste entre lo que había supuesto esta nueva idea en los adultos y en los niños, y le preguntó con verdadera curiosidad qué era lo que realmente pretendía. La escritora le contestó:

La verdad es que, después de mucho tiempo escribiendo, me di cuenta de que tanto el escritor como el lector son igual de importantes en cada historia. El principal objetivo de escribir es ser leído, al igual que para leer es necesario algo escrito. Por eso, aunque estaba muy contenta de que la gente disfrutara con mis cuentos, decidí darles la oportunidad de participar en ellos. Ahora, los personajes que invento pueden tomar el rumbo que cada lector elija, vivir las aventuras que cada uno imagine, y finalizar cuando cada uno considere. A muchos adultos les incomoda la incertidumbre, piensan que las cosas o son o no son, están o no están, buscan culpables y responsables de todo, y se niegan a ver más allá. No me preocupan sus críticas, si propicio que los niños inventen y se diviertan. Ellos sí que lo han comprendido, continúan mis historias sin ni siquiera cuestionarse el porqué de no tener final, por lo que entiendo que agradecen esa oportunidad. Me gustaría leer cómo continúan algunos de los cuentos, ¿podría usted traerme algunos? Me haría mucha ilusión.

La maestra había escuchado atentamente la reflexión de la mujer y le prometió llevarle las creaciones de sus alumnos sobre sus historias. También la invitó a que fuera a visitarlos al colegio y así ella misma pudiera contarles cuentos a los niños. Ella se alegró mucho y aceptó la proposición.

La mujer de la casa de la montaña estuvo durante unos años viendo como sus historias tomaban rumbos muy diferentes. Se deleitaba al ver como historias que podría haber matado con simples finales eran capaces de continuar de miles de formas, muchas maravillosas. Muchos pobladores acabaron aceptando este nuevo método, atreviéndose incluso a hacer sus propias conjeturas, animados por sus hijos. Hubo niños que incluso crearon cuentos propios, de principio a fin.

Un día de otoño la escritora desapareció. La gente sabía poco de ella, pero a todos les sorprendió que se hubiera marchado sin despedirse, sin decir nada. Nadie volvió a saber nada más de ella, pero muchos imaginaron cosas que podrían haberle pasado, o que podría haber hecho. Sólo algunos se percataron de que, al igual que en los cuentos que escribía, había dejado a la imaginación de sus lectores el resto de la historia de su vida, su personaje más importante. A los habitantes de aquel lugar les dejó el recuerdo de sus cuentos sin final. A nosotros nos ha llegado su historia inacabada. En su honor, y como ella querría, el resto a gusto del lector.

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