martes, 1 de noviembre de 2011

LA JOVEN DEL SOMBRERO COLOR CANELA

Es otoño en París. Una joven elegante, de cabello largo y ondulado color miel, sale cada día de su casa al atardecer. Nunca olvida su sombrero color canela, el cual amortigua la caída de algunas hojas cuya vida en sus árboles termina al mismo tiempo que ella pasa por debajo. Su rostro melancólico, oculto bajo un maquillaje suave y fresco, siente la humedad del río Sena. Sus pies, arropados con medias y zapatos de medio tacón, la invitan a caminar lento, pero con paso firme. El abrigo la acoge con miedo, se asegura de que la protege del frío pero sin oprimirla demasiado. Se siente responsable de que ella pase frío o se agobie, y teme acabar colgado en una percha privado de esos paseos tan agradables. Pero la joven no se percata de la temperatura externa. Pasea sus pensamientos por las calles parisinas mientras su cuerpo simplemente la acompaña. Su mirada inquieta busca cada tarde algo con lo que entretenerse, cosas que durante cada trayecto acaparen su atención.

Una pareja de ancianos camina lentamente por la acera de enfrente, con las manos entrelazadas, mirando al infinito. Una niña patina torpemente de la mano de su madre, la cual le ayuda a no caerse. Al cruzárselas, la niña se agarra del brazo de la joven para conseguir avanzar un paso más en su objetivo. La joven, a la cual provoca una sonrisa, se siente orgullosa de haber contribuido a ello. Más adelante, un señor pasea a su perro, o más bien su perro a él, ya que es el ansioso olfato del animal el que dirige los pasos acelerados de su dueño hacia donde considera interesante. La chica del sombrero canela le hace gracia por un momento y se acerca a ella, pero rápidamente cambia su dirección hacia un caniche que se aproxima.

Después de caminar durante un buen rato, siempre encuentra una cafetería donde sentarse a tomar un té. Cada día descubre una distinta, el té tiene un sabor diferente, y el ambiente un aroma nuevo. Todos los días, cuando sale de las cafeterías, ya ha oscurecido. Entonces, desde allí, busca un lugar desde donde pueda ver la Torre Eiffel iluminada, y la luna. Normalmente tarda como mínimo media hora en encontrar ese lugar. Cuando lo encuentra, intenta sentarse en algún sitio, y cantando bajito sus canciones preferidas espera el próximo espectáculo de luces de la Torre Eiffel. Una vez lo ha visto, se dirige hacia su casa, sin prisa.

Esta noche, cuando ha salido de la cafetería, ha tardado sólo un minuto en encontrar ese lugar, y además tiene unas vistas espléndidas. Nada más llegar, ha empezado el espectáculo de luces, y la luna estaba llena. El viento soplaba fuerte, pero la joven miraba embelesada el acontecimiento. Poco antes de terminar, un fuerte soplido la ha despojado de su sombrero color canela, arrastrándolo a trompicones lejos de ella. Se ha levantado alterada y ha corrido tras él. Ese sombrero había sido un regalo especial y no podía perderlo. Cuando ha logrado alcanzarlo, ha levantando la vista y estaba justamente enfrente de la cafetería donde había pasado la tarde. Ha sonreído mientras se ponía de nuevo su sombrero. Volverá a esta cafetería.

1 comentario:

  1. Todos tenemos un sombrero color canela, que nos resguarda del viento, nos guía y protege del llanto. Laura sigues sorprendiendo, enhorabuena.

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