CIELITO LINDO
Mi nube era esponjosa, blanca, húmeda. Se movía lentamente. Yo, tumbada sobre ella, sentía como me acariciaba la espalda, sin dejarme caer. Extendía los brazos y con las manos intentaba agarrar algo de ella, pero se me escapaba en forma de humo fresco. Cuando me inquietaba, me hundía varios palmos en ella, la cual siempre me sujetaba antes de que llegara donde su clareo fuese tan amplio que pudiera llegar a caerme al vacío. Allí vivía, tranquila, empapada de azul y blanco, sobre una textura algodonada.
Dormía, a veces de noche, a veces de día. La oscuridad de la noche era hermosa, y la luna inmensa. Casi todas las noches la veía salir de fiesta, muchas se asomaba haciéndose la estrecha, otras salía en total plenitud, y siempre vestida de gala. Cada noche me contaba un cuento, y su paz me hacía dormir dulcemente, sumiéndome en sueños maravillosos. Cada madrugada, el azul iba empujando al negro, los cuales acababan mezclándose hasta que el negro comprendía que había llegado la hora de marcharse, y desaparecía hasta la noche siguiente. El sol iba asomando sus rayos poco a poco, radiante. A veces se colaban entre mi blanco lecho esponjoso, dándome los buenos días. Esos rayos cálidos atravesando el frescor de la nube me producían una sensación muy extraña que me hacía despertar todas las mañanas. Al mediodía, el calor era demasiado intenso allí arriba, y hundirme un poco en mi nube era mi única salvación.
Los paisajes de la Tierra desde allí eran sorprendentes. Cada día intentaba adivinar sobre qué lugar estábamos volando, dependiendo de la altura la dificultad era mayor o menor, por lo que era un reto que no siempre se podía conseguir. Otras veces, las nubes de más abajo me ocultaban el paisaje terrestre. Pensé en saltar a ellas, pero del impulso seguro que caería, por lo que decidí no hacerlo. Por la noche, las ciudades iluminadas parecían pequeños conjuntos de luciérnagas, que parecían querer competir con las estrellas que acompañaban a mi luna, nunca comparables.
Cuando el viento soplaba, a mi nube aceleraba. Otras nubes pasaban saludando, por arriba, por abajo, por los lados. El viento unía a muchas de ellas, las cuales acababan fundiéndose en una sola. A otras, en cambio, las dispersaba obligándolas a continuar su vuelo separadas. Y así, dominadas por el viento, las nubes viajaban por la atmósfera alrededor del planeta Tierra.
Un día, me percaté de que mi nube estaba cambiando. Su tacto era más denso, su color más oscuro, y su movimiento más lento. Las nubes de alrededor tenían el mismo mal aspecto, y se acercaban acechantes, provocándome un temor que nunca antes había sentido. Intenté agarrarla y su frescor empapaba. No, no era normal, eso nunca le había pasado. De pronto, empezó a caer agua por todas partes. Desde mi nube pude ver cómo las demás precipitaban al vacío infinidad de gotas de agua. ¿La mía estaba haciendo lo mismo? Habían enloquecido. Una mezcla de agua y viento se apoderaba de mí, envolviéndome en una masa fría y turbia, que me iba limitando la visión del caos, haciéndome partícipe de él. Recuerdo el deslumbre de una luz, a la cual siguió un sonido estruendoso, que me hizo temer lo peor. Me desplomé medio inconsciente sobre mi nube, desarmada, sin fuerzas, y sin entender nada de lo que pasaba. Me tapé los oídos, cerré los ojos, y empecé a pensar en la luna, en las noches que me había regalado. Y pensé en el sol, en la forma en que por las mañanas me había despertado. Y acordándome de ellos logré tranquilizarme un poco, cuando de pronto noté que la textura algodonada que me sostenía comenzaba a dispersarse demasiado. La medio sonrisa que había conseguido esbozar se me borró instantáneamente, y la posibilidad de caer al vacío me produjo un repentino y amargo escalofrío. Pero mientras mi corazón se aceleraba por momentos, y mis manos buscaban inútilmente algo a lo que agarrarse, una luz cálida sorprendió a mis párpados, y supe que el sol estaba allí. Abrí los ojos para despedirme de él, porque aunque la alegría de verlo había aplacado mi miedo, mi nube había seguido desapareciendo, y en menos de tres segundos comencé a caer. Mis lágrimas de impotencia se perdían entre las últimas gotas de mi nube, a las dos nos había llegado la hora de marcharnos. Pero durante la caída algo me detuvo…
Siete preciosos colores atravesaban el cielo, aportándole alegría, serenidad y belleza. Allí aterricé, y me pareció un lugar espléndido para quedarme. Y desde allí os escribo, de color en color, entre los cuales caminaré hasta mi próxima aventura ;)
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